jueves, 14 de junio de 2007

Éramos pura vida...


Recuerdo la primera vez que me maquillé. Todas mis compañeras ya sabían los secretos de los colores para el rostro. Yo seguía siendo una niña. Prefería declamar poemas frente al mar o despulgar perros en el camino al colegio. Sí, era considerada una rareza, pero mis preocupaciones estaban fuera de mí. Por esa época comencé a participar en un grupo de jóvenes muralistas que se juntaban en la parroquia de mi población.


Mi primer mural fue una creación colectiva: Una paloma que sostenía a un grupo de personas con marcados rasgos indígenas entre sus alas. A mí me tocó pintar el sol y "filetear" con líneas negras las figuras del diseño. Estuvimos todo el día en eso y, antes de irnos, el más antiguo de los integrantes de la brigada muralista me bautizó: Eligió la más ancha de las brochas, la untó en pintura amarilla y, en medio de muchas risas, me dio "dos manos" sobre la cara.


Así me fui a la casa, maquillada de sol amarillo, con la sensación de haber dado un pasito más para ser la mujer que quería.

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