El mundo, como
estructura social, está organizado considerando que se nos debe pagar el 30%
menos que a un hombre por la misma labor realizada, que nos prohíban el aborto y
declaren que nuestros úteros pertenecen a la sociedad no a nosotras, que nos
"permitan" trabajar pero sin garantizar legalmente la protección a las
madres trabajadoras -que en muchos casos deben cargar con sus hijos en
inseguras vías de transporte y en condiciones climáticas difíciles-, que nos
cuestionen cuando ejercemos nuestro derecho al placer, que nos motejen cuando somos
madres solteras, que nos ridiculizen si nos equivocamos en un espacio público y un
largo etcétera que no me cabe en este espacio, pero que vivo en cada detalle
cotidiano de mi vida de mujeranga.
No hablo de los malditos hombres que nos hacen esto, sino de un sistema globalizado de creencias y dogmas que nos posiciona como sujetos subalternos. Un sistema que se mantiene en la práctica y decisión de muchos hombres y mujeres que cada día subrayan esta inequidad, y que para no morir del todo ha aceptado algunas modificaciones cosméticas que nunca -repito nunca- resuelven el problema de fondo.
No hablo de los malditos hombres que nos hacen esto, sino de un sistema globalizado de creencias y dogmas que nos posiciona como sujetos subalternos. Un sistema que se mantiene en la práctica y decisión de muchos hombres y mujeres que cada día subrayan esta inequidad, y que para no morir del todo ha aceptado algunas modificaciones cosméticas que nunca -repito nunca- resuelven el problema de fondo.
Mi trinchera es el
amor. Por amor estoy aprendiendo a vivir en complementariedad con todo mi
entorno, asumiendo que soy parte de un todo mayor, complejo y nutritivo, que
prodiga generosamente lo que necesito para vivir.
Amo profundamente a un
hombre que acepta estar en un proceso de crecimiento y con el que hemos
construido la relación que queremos, muy alejada de las consideraciones o
sanciones sociales, muy conectada con los procesos y momentos de una historia
común que ya tiene diez y ocho años de trayectoria. Una historia compartida en
las celebraciones y conflictos, en la complejidad de seguir entendiendo que no
somos una sola vida vivida, sino dos vidas que construyen un camino en el que
avanzar y crecer, con la oportunidad de seguir teniendo vuelos y búsquedas
propias, apoyadas y respetadas por el otr@. Años de vida común que también se van
haciendo en los bordes y límites, en la práctica activa de la tolerancia y el
cuidado mutuos.
Amo también a las
mujeres que me rodean, las reconozco como mis hermanas, las acompaño y apoyo en
sus devaneos y búsquedas, celebro sus concreciones y felicidades. No repito la
sanción social que cae sobre ellas –sobre mí también- ni las condeno. Estoy
aprendiendo a discrepar con ellas, sin utilizar argumentos que la sociedad
patriarcal ha institucionalizado como verdades dogmáticas… Y las encuentro
hermosas sin compararlas con la imagen que la publicidad nos ha construido para
la belleza femenina.
¡Soy mujer, hombre y
naturaleza! No me interesa dar con el modelo de rol asignado a mi vagina ni le
permito a nadie decirme hasta cuando debo jadear. Mi cuerpo y sensibilidad están
unidos a la energía profunda de la Tierra y el Universo.
Me reconozco un eslabón
de una cadena cósmicamente antigua, trenzada de intentos y seres
soñando/haciendo. Yo misma ensayo empeños en este tejido colectivo que está
hecho de mujeres y hombres maravillosos. Una nueva sociedad nos convoca a hacer
una transformación profunda sobre la valoración personal y sobre aquella que
hacemos de los otros, pero sobre todo nos llama a accionar de una manera
transformadora, en la que esta inequidad histórica -entre otras- deje de existir para siempre.
Un abrazo lleno de amor
y placer para tod@s aquellos que mueven y promueven el cambio por una sociedad
distinta, una nueva sociedad.
¡Salud!

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